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miércoles, 2 de diciembre de 2020

Resaca, angustia, excesos, miedo, furia

Resaca por la mañana,
angustia por las tardes,
excesos por las noches,
miedo a altas horas de la madrugada,
furia por la cobardía de comenzar de nuevo.


Un renegado escritor,
una mujer aburrida,
una noche de soledad,
grandes conversaciones,
pequeñas sonrisas,
un dolor oculto,
sexo por desesperación,
una noche acompañados,
una mañana incómoda.


La búsqueda de un horizonte lejano,
el ansia de encontrar algo mejor,
algo desconocido,
algo peligroso,
el deseo de vivir,
libertad,
aires de paz,
encierro y otra botella de cerveza
y cigarrillos a mi alrededor
que esperan ser consumidos
por la ansiedad de escapar.


El viento sopla cuando camino
por las calles
de lo que creí que sería mi salvación,
de algo antiguo,
histórico,
maravilloso,
pero vacío,
personas vacías,
al igual que yo,
al igual que todos.
buscamos placer,
buscamos sentir cualquier cosa,
buscamos problemas,
buscamos un día más,
buscamos el brillo de otros ojos,
el oculto misterio de la vida,
el desencuentro con nosotros mismos
la alienación del sistema
el reconocimiento.

Resaca por la mañana,
angustia por las tardes,
excesos por las noches,
miedo a altas horas de la madrugada,
furia por la cobardía de comenzar de nuevo
y acabar mirando por una ventana inútil,
contemplando una calle inútil
y almas vagando hacia ningún lado.


El dinero es nuestro dios,
y hasta que no lo violemos,
hasta que no consigamos convencernos
de que no somos lo que nos dijeron
que debíamos ser,
no podremos ir al infierno,
donde, tal vez,
nos iría mejor.

martes, 3 de noviembre de 2020

Así se siente la libertad

- ¿Hace falta ponerse de rodillas ante un sistema que lo único que hace es jodernos todos los días?

- Sí.

- Pero, ¿por qué?

- Porque es el sistema en el que vivimos. Tan simple como eso.

- Yo no elegí vivir en esto.

- Sos libre de irte cuando quieras.

- ¿Soy libre? ¿Realmente soy libre?

- Sí, claro que sí. Todos somos libres.

- Eso es lo que nos quieren hacer creer. La verdad es que nadie es libre, pero la ilusión del libre albedrío es la que nos mantiene presos. La verdad es que no somos nada, y al mismo tiempo somos piezas claves para que el sistema funcione, porque sin nosotros, los pobres trabajadores, el sistema colapsaría. Nos necesitan más de lo que nosotros los necesitamos a ellos. ¿No ves lo insano que es todo esto?

- ¿Qué es lo que querés decir con eso?

- Lo que quiero decir es que nosotros somos nuestros propios enemigos y hasta que no lo veamos no vamos a poder ser verdaderamente libres.

- Podes ser todo lo libre que quieras, pero mientras sigas siendo un ilegal de mierda no vas a poder conseguir un trabajo decente.

- ¿Existe eso?

- ¿Qué cosa?

- Los trabajos decentes.

- Claro que sí, mirarme a mí. Hace 20 años trabajo en una agencia de seguros y no me falta nada.

- ¿No te falta nada? ¿De verdad?

- Nada.

Después de eso se alejó y yo me quedé allí parado, pensando en la fortuna de no necesitar nada. Encendí un cigarrillo y contemplé el cielo y los edificios y las personas. Todos llevaban mascarillas, todos caminaban automáticamente hacia algún lugar, llenos de propósitos y responsabilidades. Entonces me pregunté, ¿así se siente la libertad? Al parecer sí, así se siente.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

El Pacto



Rafael era un hombre apático, antisocial y solitario. Desde siempre le gustó leer y admiraba a autores como Hemingway y Kafka. No era un buen estudiante, pero un día decidió convertirse en escritor. Escribió su primera novela a la corta edad de 17 años. Sus padres no lo apoyaban con su arte. Su padre, al leer su novela, le dijo que primero tendría que terminar el colegio y luego conseguir un trabajo y una vez que se haya ido de casa podría hacer lo que se quisiera con su culo. Pero ahí no terminó la cosa. Ese mismo día, el padre de Rafael, quemó su novela frente a sus ojos. Rafael, en un ataque de locura, se abalanzó sobre su padre y lo golpeó hasta casi matarlo. Su madre lloraba y gritaba. Más tarde, Rafael escapó de su hogar para no volver jamás.

Durante varios años, Rafael estuvo trabajando en lugares miserables por poco dinero. Siempre renunciaba o lo echaban, aunque casi siempre lo echaban. Poco a poco se fue convirtiendo en un borracho y vagabundo. Comenzó a frecuentar un bar del cual siempre lo echaban por sus comportamientos, a veces violentos y otras veces por no tener dinero para pagar las bebidas, sin embargo, cada vez que entraba al bar, lo recibían como si nada hubiera pasado. Ahí estaban sus amigos, sobre la barra, pegados a la botella.

Una noche, Rafael se encontraba sobre la barra, tomando whisky, cuando una mujer se acercó a él. La mujer era una rubia teñida, llevaba unas botas altas, medias de red, una falda corta, una musculosa con un amplio escote y su cara estaba cubierta de maquillaje barato. Sus tetas parecían estar por salirse en cualquier momento. Era un espectáculo interesante de ver.

- Hola – le dijo.

- Hola. – dijo Rafael, mirando sus tetas.

- ¿Estás solo?

- Sí.

- Me llamo Natalia ¿y vos?

- Rafael.

- ¿Querés acompañarme a mi departamento?

- Está bien.

“¿Qué puedo perder?”, pensó Rafael. Cuando llegaron a su departamento, la mujer habló.

- Ponete cómodo. – le dijo.

Rafael se quedó mirándola, mientras ella se desvestía lentamente.

- Sos prostituta, ¿no?

- No, mi amor, me enamoré de vos.

Rafael rio.

- Serían 80 euros la hora.

- Está bien.

Natalia se quedó esperando el dinero.

- ¿Y? – dijo.

- Es que… no tengo plata.

- Entonces no hay fiesta, querido.

- No, por favor. Necesito hacer esto antes de morir.

- ¿Cómo?

- La verdad es que quiero matarme, soy un suicida pero no quiero morir sin tener sexo.

- ¿Sos virgen?

- Sí. – confesó el muchacho, avergonzado.

Natalia se quedó perpleja ante la confesión del joven y se apiadó de él. Primero bebieron un trago y luego ella tomó las riendas de la situación. Lo recostó sobre su cama y le sacó la ropa, lentamente. Esa noche Rafael dejó de ser virgen y se quedó con Natalia.

- ¿Ese es tu verdadero nombre? – le preguntó Rafael a su acompañante.

- Sí. – respondió ella muy segura – No tengo nada que ocultar.

A ella le gustaba él y a él le gustaba ella. Se quedaban en la cama durante horas, hablando y teniendo sexo y acariciándose los cuerpos. Rafael finalmente había encontrado un lugar en el que se sentía bien, se sentía cuidado y, sobre todo, amado. Pero las cosas buenas no suelen durar mucho tiempo. Eso sería una gran lección para el joven Rafael. Natalia seguía con su negocio, a pesar de que Rafael le pidió miles de veces que lo dejara, diciéndole que la amaba y que la quería sólo para él. Ella le dijo que eran pobres y alcohólicos y que nada más podían hacer. Después de cada discusión ella volvía a las calles y Rafael al bar. Una noche, en medio de una discusión bastante intensa, Rafael la golpeó y al darse cuenta de lo que había hecho decidió irse de allí para siempre.

Rafael volvió a vaguear por las calles y los barrios y las ciudades. No había olvidado su sueño de convertirse en escritor algún día, pero las editoriales lo ignoraron durante años. Hasta que un día se vio al espejo y se dio cuenta que los años habían avejentado su rostro y destrozado sus sueños. Jamás había logrado nada. Las mujeres iban y venían, como los trabajos de mierda y las habitaciones minúsculas, pero el amor jamás volvió a llamar a su puerta. La vida es dura y Rafael aprendió a los golpes. Sin darse cuenta se convirtió en uno más, otra pieza de aquella maquinaria que suele reducir a los hombres a lo más bajo, incluso a grandes hombres como Rafael.

Ya nada tenía sentido para él. Rafael cayó en una depresión profunda e intentó suicidarse varias veces, pero siempre se arrepentía a último momento. Aunque se sentía totalmente abatido, siempre guardó una mínima esperanza en lo más profundo de sus ambiciones.

Un día consiguió un trabajo y logró instalarse en un departamento barato en un barrio no muy amistoso, pero eso no le importaba a Rafael. Cuando llegó pudo notar que tenía un vecino un poco raro, un tipo parecido a él, solitario y misterioso. Lo veía cada tanto y éste lo miraba, pero no le decía nada y su mirada era escalofriante. Una noche, el tipo éste se le acercó a Rafael en un bar.

- Hola – le dijo.

- ¿Qué tal?

- Yo te puedo ayudar.

- ¿Qué?

- Sé que sos un hombre desdichado – le dijo.

Rafael se quedó mirándolo sorprendido.

- … Sé que sos un suicida y ya nada tiene sentido para vos.

- ¿Cómo es que…?

- Me llamo Belcebú, pero me dicen el señor de las moscas. – dijo el tipo.

- Ah… bueno yo soy…

- Rafael, ya sé.

- ¿Cómo mierda sabes todo eso?

- De donde yo vengo, no nos dejan interferir en la vida de los vivos, pero vos no pareces muy vivo que digamos.

- Puede ser.

- Yo te puedo ayudar.

- ¿Cómo?

- Un pacto.

- ¿Un pacto?

- Sí, un pacto. Me das algo simple como tu alma y yo te concedo un deseo.

- ¿Cómo es eso?

- Acá no puedo hacer nada, pero si seguís las instrucciones necesarias, tal vez podamos concretar el pacto.

- ¿Qué instrucciones?

El señor de las moscas le dio a Rafael un papel con instrucciones para “El Pacto”.

- Una vez que hagas eso – dijo el tipo – nos volveremos a ver.

Rafael se quedó dormido sobre la barra del bar. Cuando despertó se dio cuenta que tenía una papel en su mano, eran las instrucciones del pacto. Pensó que todo aquello había sido sólo un mal sueño, arrojó el papel a la basura y decidió volver a su casa.

Al día siguiente, despertó en su cama y, sobre la mesa de luz, estaba el papel que le había dado aquel misterioso tipo. Se sorprendió al verlo de nuevo y lo leyó…



El Pacto



Primero que nada, has de saber que vives en un universo creado y regido por Dios, y que por lo tanto, contrario a lo que se piensa, el duque de las tinieblas no puede interferir de ninguna manera en el mundo, a menos, claro, de que cumplas con una serie de requisitos que lo ayuden a presentarse ante ti.

Tendrás que empezar por hacer tu ritual en un día en el que los infiernos sean más cercanos a la tierra. según el libro grimorio de las 7 llaves de Salomón, estos son el día de la asunción de nuestra señora, la víspera de san juan bautista y el primer día de pentecostés; sin embargo, también puede ser intentado los días 4 de cada mes, si se sacrifica a un gallo negro 12 horas antes de comenzar el rito. Independientemente del día en el que decidas invocar al oscuro, tendrás que iniciar el pacto entre las 3 y las 5 de la mañana, pues a esa hora la frontera con el infierno se hace más corta.

Dicho esto, para comenzar el ritual, deberás colocarte en una habitación totalmente a oscuras y con el suficiente espacio como para dibujar un círculo de buen tamaño…



El pacto seguía así y decía muchas cosas más del mismo estilo…



Si tu círculo de invocación está completado, procede a rezar las siguientes palabras:

Pater nostre Satanus, sanctificetur nomen Tum. fiat voluntas tua, sicut en infernus, et en terra. Et que nos inducas in tentationem, sed libera nos, au pater lucifer benditum.



Si has dicho correctamente la oración satánica, y has seguido bien los pasos del ritual, los 7 círculos que has dibujado con cobre y carbón, se han de prender en fuego color blanco en señal de que el lord Luzbel te ha escuchado. Cabe destacar que si has llegado a éste punto, has perdido totalmente el apoyo de Dios, y este ya no te ayudará de ninguna manera cuando te juzgue el demonio.

Te darás cuenta de que el fuego del círculo no quema, más bien te hace sentir una paz interior que te obligará a cerrar los ojos por unos momentos. Cuando vuelvas la vista, verás frente a ti a uno de los demonios mayores del infierno, y a manera de guardaespaldas, a dos demonios menores a su lado. Esto es debido a que satanás no tiene el tiempo de venir al mundo para cerrar un pacto con un simple mortal, por lo que manda a uno de sus sicarios para hacer el trabajo. Sus favoritos para este tipo de tareas, son Belcebú el señor de las moscas, Leviatán, o Mefistófeles.

Aunque sentirás en ese momento una extrema seguridad y paz interior, has de obedecer a lo que te diga el sicario de la Bestia, y permanecer con la cabeza hacia abajo, sin mirarlo a los ojos, pues los demonios son seres orgullosos y caprichosos, y se enfurecerán rápidamente si osas ponerte a su nivel.

Empezarás a escuchar una especie de cánticos, parecidos al sonido que producen las ballenas, no debes asustarte, pues es la voz del demonio, y comprenderás lo que dice después de unos cuantos segundos de oírlo hablar. Te hará una serie de preguntas tales cómo, ¿cuál es tu nombre? y, ¿qué día viniste al mundo? Has de responder a estas preguntas con toda la verdad, pues si lo haces, llegarás al momento esperado. El demonio te preguntará, ¿cuál es tu deseo?

Debes saber que al ser criaturas bajo la mano de dios, no podrás pedir nada que intervenga con la vida de cualquier ser humano. Esto es por ejemplo, pedir el amor de una persona, o su muerte; sin embargo, estarás habilitado de desear cualquier cosa en el mundo del saber, de lo material, y sobre tu propia persona. Esto podría ser, riquezas, fama, el conocimiento total, o incluso tu propia muerte, si eso quieres. Recuerda que, aunque ya no hay marcha atrás, el precio del trato será tu alma.

Una vez que formules tu deseo, el demonio pondrá uno de sus dedos sobre tu corazón, y te extraerá una gota de sangre. Luego, colocará su dedo en tu frente y te pondrá a dormir. El ritual habrá acabado.

Despertarás exactamente 24 horas después, y verás cómo poco a poco, tu deseo se irá cumpliendo, hasta que, en 112 días como máximo, estará realizado.





Parecía algo bastante serio, pensó Rafael, luego rio y estrujó el papel entre sus manos volvió a arrojarlo a la basura. Decidió salir al bar de siempre a tomarse un trago.

Cuando volvió esa misma noche, encontró el papel intacto sobre su cama. Rafael se asustó y decidió abrir una botella de vino. Al terminarla, se quedó dormido y soñó con ser escritor, el mejor escritor del siglo. Al despertar, vio el papel y sabía lo que debía hacer.

Siguió todos los pasos y llegado el momento, apareció Belcebú, el señor de las moscas, frente a sus ojos.

- Veo que me has hecho caso. – le dijo el demonio.

- Sí.

- Rafael, ¿qué día viniste al mundo?

- El 6 de junio de 1966.

- ¿Cuál es tu deseo?

- Deseo ser el mejor escritor del siglo, el más famoso de todos y el más rico.

- Lo sabía…

Sintió el dedo del demonio en su corazón y cómo éste extrajo una gota de sangre de su pecho y luego, lo puso a dormir.

Al despertar, Rafael se encontró sobre la barra del bar. Tenía el papel con las instrucciones para el pacto en su mano derecha. “Fue sólo un sueño”, pensó.

Esa misma noche, al llegar a su viejo departamento, se tiró en la cama y durmió durante horas. Jamás había dormido tanto.

Así pasaron los días y las noches. La vida seguía. Del trabajo a la casa, de la casa al bar, del bar a la casa. Todos los días la misma rutina. Decidió escribir un cuento corto sobre su sueño con el demonio. Al día siguiente lo mismo. Del trabajo a la casa, de la casa al bar, del bar a la casa. Rafael se había rendido ante el sistema que lo había puesto de rodillas aplastando sus esperanzas.

Una madrugada, se encontraba Rafael sentado sobre su cama, pensando y dándole vueltas al asunto. Se fumó un cigarrillo y luego otro y bebió más cerveza. Entonces contempló la página en blanco y pensó: “Supongo que depende mí”.

Y de nadie más.

jueves, 20 de agosto de 2020

Desesperados por sentir algo

Una nueva ciudad
me encuentra con la guardia baja
y las personas que conozco me aburren
y los trabajos me deprimen,
y la rutina me desalma,
poco a poco.

Pero apareciste un día de sol
y me dejé llevar por una vorágine
de amor y promesas absurdas,
de admiración
y ternura y sexo hasta el amanecer.
Me dejé llevar por tu juego,
un juego perverso,
una telaraña que tejiste
alrededor de todos
y yo caí en ella
como una mosca,
al igual que caen todos los demás,
porque todos estamos
tan desesperados por sentir algo,
cualquier cosa,
lo que sea,
que seguimos cayendo
y destruyéndonos,
y atropellándonos los unos a los otros,
olvidándonos hasta de nosotros mismos
y nuestros pobres corazones.

La telaraña se rompió
y pude salir,
dejé de ser tu presa,
pero todavía no puedo volar,
todavía no puedo moverme,
estuve mucho tiempo sin poder hacerlo.

Ya se hace tarde,
quiero dormir,
quizá mañana vuelva a intentarlo,
ésta noche pasará,
lentamente,
al igual que las demás,
y dejaré de pensar en vos
y en tus ocho patas,
mientras vos tejes una nueva telaraña
para tu próxima víctima.

Fue una aventura al principio,
hasta que me encontré con tu yo verdadero,

ese que no se distingue a simple vista,

ni algunos besos después,

y me fui yendo,

me perdí,
hoy la luz del sol me despierta con resaca
y siento adentro mío

un extraño deseo de vivir.

miércoles, 19 de agosto de 2020

La ruta

Después de horas de haber estado conduciendo en aquella ruta desierta y desolada, decidí parar en un bar. Era un típico bar rutero. Cuando bajé del coche, vi un par de motos estacionadas frente al bar. Parecían ser unas Harley Davinson. Siempre había querido una de esas, pero nunca tuve el dinero suficiente. La verdad es que nunca tuve el dinero suficiente para casi nada.

Entré al bar y me acomodé sobre la barra. Pedí una cerveza fría. Hacía un calor que te cagabas. El barman me dio la cerveza y observé que a lo lejos había un grupo de motoqueros bastante eufóricos y borrachos, jugando al pool. Con ellos había un par de chicas y noté que una me miraba como seduciéndome. Tenía buena pinta. Rubia de pelo rizado que llegaba hasta sus hombros, falta corta, piernas fibrosas, botas de cuero y un pecho infernal. Era el mismísimo diablo. Le sonreí a la rubia y ésta me devolvió la sonrisa. Entonces le guiñé el ojo y ella, con sumo cuidado, miró a los tipos que muy entretenidos estaban jugando al pool, volvió a mirarme y me devolvió el guiño, sonriente. Fue entonces cuando empezaron los problemas. Uno de los motoqueros, su “hombre”, me gritó: “¿Qué tanto estás mirando, flacucho?”. Por aquellos tiempos yo estaba más flaco. Hacía mucho no disfrutaba del buen comer. Sólo daba vueltas en mi coche y tocaba la guitarra por los pueblos y las ciudades para ganarme unas monedas que me ayudaban a subsistir. Era una vida, no quiero decir mediocre, sólo era una vida, la vida que me había tocado, la que había elegido.

Decidí ignorar al gigantón vestido de cuero. Se acercó a mí, diciéndome todo tipo de cosas y agitando el taco de pool que llevaba consigo. Sus amigotes lo siguieron. Supe ignorarlo y pedí otra cerveza. El barman puso la cerveza frente a mí, pero no llegué a tocarla cuando el gigantón la tomó y bebió un trago. Me quedé mirándolo, con desprecio.

- ¿Qué mirás, sanguijuela? – dijo, altanero.

Decidí ignorarlo, pero no me quedó más remedio que seguirle el juego cuando me golpeó en las costillas con aquel taco de madera, derribándome del banco y acostándome en el suelo. Me levanté y me reincorporé, intenté atizarle un derechazo en la mandíbula, pero fallé y uno de sus compañeros me derribó dándome una patada en la rodilla. Caí al suelo, quejándome. Luego, el gigantón y sus compañeros me patearon con furia y hasta derramaron cerveza en mi cabeza, luego siguieron golpeándome sin escrúpulos, como si yo fuera un saco de patatas. Luego me levantaron entre todos y me echaron del bar. Caí en aquel desértico suelo, adolorido e humillado. Me quedé allí un rato. Mi cuerpo apestaba a cerveza barata y sangre.

- ¡Y no vuelvas! – me dijo el gigantón.

Me senté sobre mi culo y apoyé mis brazos en mis rodillas. Observé le puerta de entrada y luego el cielo. Entonces se me ocurrió una idea, al ver sus motos allí afuera, descuidadas, solas, abandonadas.

Me levanté del suelo, escupí un poco de sangre y toqué mis costillas, creo que me habían roto un par. Me acerqué a mi coche y abrí el capó. Allí tenía un bidón de gasolina que estaba reservando para el viaje. Lo tomé y me acerqué sigilosamente hacia aquellas Harlys. Las rocié de gasolina a todas y cada una de ellas. Supuse que eran de ellos, la verdad es que no lo pensé, pero lo más probable es que fueran de ellos. Una vez que rocié todas las motos, acabando con el bidón. Encendí un cigarrillo y fumé un poco. Miré por la ventana del bar y allí seguían aquellos primitivos hombres, jugando al pool y emborrachándose. En ese momento, la rubia logró verme, estaba sorprendida. Yo exhalé algo de humo y le guiñé un ojo. Ella sonrió. Luego, arrojé el cigarrillo directo a una de las Harleys. Fue un segundo. Todas comenzaron a arder descontroladamente.

- Más te vale que corras, chico. – me dijo un viejo que estaba sentado allí, bebiendo de una petaca.

Me acerqué a él, cojeando y le pedí un trago. El viejo volvió a repetir lo mismo: “Más te vale que corras, chico.” Le di las gracias al viejo y me subí a mi coche. Lo encendí y decidí esperar unos segundos. Comencé a fumar otro cigarrillo y antes de que me diera cuenta, una de las Harleys explotó y voló por los aires. Después de esa, otra y luego otra. Era una locura. Los motoqueros salieron del bar, desesperados. Observaron sus motos arder y luego me vieron a mí en mi coche viejo. Jamás voy a olvidar sus caras. Los saludé y aceleré. Escuché insultos, gritos y otra explosión. Volví a la ruta. Me sentía bien, aunque me dolía todo el cuerpo, pero no podía detenerme, no en ese momento.

Días después, estaba yo en otro bar, sentado en la barra, cuando de repente entró un grupo de tipos vestidos de cuero. Eran ellos, pero no pudieron verme. Se sentaron en una mesa y pidieron unas cervezas. Los evadí. Si lograban verme era mi fin. Me escabullí hasta el baño e intenté encontrar una salida. Divisé una pequeña ventana. Rompí el vidrio e traté de atravesarla. Me hice un par de cortes en las manos, pero logré llegar al otro lado. Una vez allí, me encontré con la luz de la luna que alumbraba mi camino en aquel desierto. Estaba asustado, realmente asustado. Llegué hasta mi coche y lo encendí, pero entonces vi a aquella rubia de pelo rizado. Estaba sentada sobre una moto, fumando un cigarrillo. Apagué el motor y me acerqué a ella.

- Buenas noches. – le dije.

Volteó su cabeza hacia mí y me miró. Al principio no me reconoció, pero cuando se dio cuenta de quién era, posó una expresión de asombro mezclada con temor.

- ¿Qué haces acá? – me dijo.

- Estaba tomándome un trago.

- Tenés que irte.

- ¿Por qué?

- Te van a matar.

- ¿Quién, tu novio y sus amigos?

- Sí, ellos. Están adentro.

- Lo sé… – dije, despreocupado. Ella se quedó allí, como esperando una reacción de mí – Me estaba yendo, cuando te vi acá, sola.

- ¿Y? No me voy a ir contigo.

- ¿No?

- No.

- ¿Segura?

- Tenés que irte, pero ya.

- No me voy a ir hasta que vengas conmigo.

- ¿Qué?

- Lo que escuchaste.

Después de pensarlo unos segundos. La tomé de la mano y me siguió sin oponer resistencia. Supuse que era una de esas chicas que les gusta el peligro. Nos fuimos de allí, directo a un hotel. Nos emborrachamos con whisky y cerveza y pasamos una noche salvaje. Era una fiera en la cama y era dueña de uno de los cuerpos más espectaculares que jamás había visto. Le gustaba el sexo duro y así fue.

A la mañana siguiente desperté y ella ya no estaba. No había rastros de aquella misteriosa rubia. La resaca me estaba matando. Logré levantarme y me acerqué a la ventana. Mi coche ya no estaba. Se había llevado mi coche, mi guitarra y el poco dinero que tenía. Perra hija de puta, pensé. Me quedé en aquella habitación, de aquel hotel barato, con una botella de whisky y un par de cigarrillos. Decidí salir de aquella inmunda habitación y me dirigí a la ruta. Comencé a hacer dedo, no me quedaba otra. El sol era intenso esa mañana. Mujeres, pensé, la causa y la solución de todos los problemas de un hombre. Divisé un par de motos a lo lejos. Sonreí. No tenía rumbo. Sería un mal día y el sol estaba radiante. No todos los días hace falta que llueva.

viernes, 12 de junio de 2020

El Diablo y la cama

Eran las 3 de la mañana y no podía dormir. Había estado bebiendo durante toda la noche. Ella se había ido hacía un par de días, dejándome solo en aquella vacía y triste habitación. Estaba borracho y decidí irme a dormir. Cerré mis ojos y me dejé llevar por el sueño y el vino. Fue un breve lapso de tranquilidad. De repente, sentí algo en el borde de la cama. Abrí mis ojos y una figura misteriosa se apareció desde la oscuridad. Era un hombre. Me miraba fijamente y yo a él. Sentí miedo y un escalofrío amargo recorrió mi espalda.

- Yo puedo ayudarte. – dijo él.

- ¿Ayudarme? – le pregunté, aterrado.

- Sí, yo puedo ayudarte a cumplir tu sueño.

- ¿Mi sueño?

- Sí, esa mierda de ser escritor. Yo puedo ayudarte con eso.

- Necesito dormir…

- Puedo ayudarte con eso también.

- ¿De qué estás hablando?

- Puedo darte fama y fortuna. La vida que siempre deseaste, sólo debes pedirlo.

- ¿Quién sos?

- ¿Cómo que quién soy? Soy yo, tu viejo amigo, Satanás.

- No, eso es imposible. Yo no tengo amigos.

- Te conozco, Leo. Conozco todos tus secretos. Eso no hace casi amigos.

- Pero yo no te conozco.

- Por favor, Leo. Todos me conocen.

- ¿Qué querés de mí?

- Quiero tu alma, nada más.

- ¿Para qué querés mi alma?

- Necesito seguidores.

- ¿Para qué?

- Para hacerme más poderoso. La vida se trata de eso. Pero tranquilo, no va a pasarte nada. Te ofrezco la oportunidad de mejorar tu vida a cambio de algo en lo que ni siquiera crees.

- ¿Cómo sé que puedo confiar en vos?

- ¿Qué más te queda, Leo?

Me quedé pensando en lo que me quedaba. Nada.

- Eso es verdad. – dije.

- ¿Qué decís?

- ¿Sobre qué?

- Sobre el trato.

- La verdad es que no me sentiría bien conmigo mismo si triunfo por un simple pacto con el diablo, ¿me explico?

- Te entiendo.

- Eso sólo confirmaría mi falta de talento. Yo creo que tengo algo para…

- Todos creen tener talento, Leo. La verdad es que todo es un truco publicitario.

- Me aterra la idea de pensar que nunca voy a llegar a nada si no fuera por vos.

- Yo te estoy ofreciendo la oportunidad de triunfar.

- Tal vez debería dedicarme a otra cosa.

- No, para eso naciste. Ahora llegó tu oportunidad. La oportunidad de que te reconozcan.

- No sé…

- Esta noche pensaste en el suicidio, ¿no es así?

- ¿Cómo sabes eso?

- Lo sé todo, Leo. Te conozco. ¿A dónde crees que vas a ir a parar si te suicidas?

- No sé.

- Vas a ir a parar a mi casa.

- Escuché que el infierno no es tan malo.

- Claro que no. Pero lo que yo te estoy ofreciendo es una despedida, una gran despedida.

- Siempre quise ser escritor y poder vivir de eso, pero…

- Tal vez así puedas recuperarla.

- ¿Recuperarla?

Pensé en sus palabras. Medité su propuesta unos segundos. No había nadie más allí. Estábamos solos. Éramos él y yo.

- ¿Cerramos el trato? – dijo, extendiendo su mano.

Estreché su mano y sentí frío, un frío que recorrió mi cuerpo. Sonrió y desapareció en la penumbra de la noche.

A la mañana siguiente desperté y pensé en lo que había pasado. Me alegré de que todo haya sido un sueño. Entonces se me ocurrió escribir un cuento sobre un tipo que hacía un pacto con el diablo. En medio de todo eso, alguien golpeó la puerta. Abrí. Era ella. Había vuelto. Me besó y nos abrazamos. Hicimos el amor y me quedé viéndola. Era real.

Decidí volver al cuento. Mientras escribía me pregunté si todo aquello podría haber sido real. Tal vez aquella criatura era sólo un producto de mi imaginación, pensé. ¿Seremos capaces de moldear nuestro propio destino para que las cosas sucedan exactamente cómo queremos?

Pensé y pensé, mientras terminaba de escribir la última frase.

sábado, 16 de mayo de 2020

El mundo que se olvida del mundo olvidado

Estábamos en mi coche, era de noche, hacía frío. Ella lloraba y yo también. Se respiraba tristeza, angustia, soledad, dolor. A veces pienso que mi vida fue demasiado corta y, a comparación de otras personas, viví muy poco. No conozco muchos lugares. Nunca fui de viajar mucho, nunca tenía dinero para eso. Me concentré en el día a día, en conseguir un trabajo de mierda, dejarlo o que me echen, en conocer chicas, en emborracharme. Muchas veces siento que desperdicié mi vida, que podría haber hecho muchas cosas más. Tal vez, si lo hubiera hecho, no la hubiera conocido y nunca me hubiera dejado y yo no estaría escribiendo esto ahora.

Ahí estaba ella y ahí estaba yo. Solíamos ser felices, lo sé. Sé que ella se cansó de mí, pero sé que me amó con todo su corazón, sé que alguna vez lo hizo, porque vi cómo su corazón se rompió al decirme…

- No quiero estar más con vos.

- ¿Ya no me amas? – le dije, llorando.

- No es eso, es que…

- ¿Qué? – exclamé, pero ella no dijo nada – Decime lo que te pasa, por favor, no puedo seguir con ésta tortura. No sé qué querés de mí. Me está matando todo éste proceso. – ella seguía allí, mirando a la nada misma, llorando – Si vas a hacerlo, hacelo de una vez.

Y lo hizo.

Aquella noche volví a casa rodeado por una absurda y nociva oscuridad. Me acosté en mi cama, me cubrí con la frazada y lloré. Mi corazón estaba roto. Mi amor se había ido, para siempre. Demasiadas lágrimas.

Pasó un año cuando recibí una carta. Se iba a casar. Me reí y tiré la carta a la basura. Todavía la recuerdo, pero ella parece haberme olvidado. No me sentía bien. Fui al baño y vomité. Estuve así unos días, entonces decidí ir al médico.

- Es normal que se sienta así. – me dijo – No es fácil superar una pérdida.

- Se va a casar…

- Lo siento mucho… pero yo soy médico clínico. Creo que debería ver a un psicólogo.

- No, yo sé lo que necesito.

- ¿Qué cosa?

- Un trago.

Decidí ir a un bar y me pedí un whisky. Había una televisión prendida. Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Ahí estaba Jim Carrey, sufriendo por Kate. ¿Por qué será que es tan difícil el amor? ¿Por qué será que es tan difícil enamorarse? Necesitaba aire. Salí de allí y caminé un poco por la calle. Era viernes por la noche. Había chicas con faldas cortas, riendo y bebiendo. Se veían felices. ¿Lo serán? ¿Realmente serán tan felices como demuestran ser? ¿Qué importa? Todos tienen su mierda, pero ahora están borrachas, pensé. Está bien. No se puede pensar constantemente en la mierda que nos rodea o nos invade por dentro. ¿Qué es esto? ¿Un puto circo? ¿Somos animales o qué? ¿Por qué no podemos dejar de sentir por un rato?

Deseo olvidarla. Quiero olvidarla.

- Me temo que eso no es posible. – me respondió el médico.

- Tiene que haber un método – dije – Ya sabe, como en la película.

- ¿Qué película? ¿Y por qué sigue viniendo aquí? Le dije que vaya a ver a un psicólogo.

- ¿Escuchó hablar de Alexander Pope?

- ¿Quién?

- “Qué feliz es el hombre inocente sin delito…”

- No entiendo de que…

- “… el mundo que se olvida del mundo olvidado…”

- Señor Villarreal, usted necesita un psicólogo…

- “… el eterno resplandor de una mente sin recuerdos…”

- ¿Cómo dijo? ¿El eterno qué…?

- “… se cumplen las oraciones y se rechazan los deseos.”

- ¿Terminó?

- Tiene que haber una manera de sacarla de mi mente.

- Empiece por un psicólogo, caballero. Yo soy médico clínico.

El doctor no pudo hacer mucho por mí, así que decidí ir a ver a una curandera. No creía en los psicólogos.

Era un viejo edificio en el centro. Toqué timbre y me abrieron la puerta. Tomé el ascensor hasta el piso 5 y allí me recibió una señora, también vieja. Todo era viejo allí. La puerta rechinaba, el suelo estaba sucio, había un gato casi muerto sobre un sofá. Me senté sobre aquel sofá y mi culo se hundió más de lo que esperaba. Había olor a desidia. La vieja se sentó en otro sofá individual frente a mí.

- ¿Qué es lo que necesita? – dijo, encendiendo un cigarrillo.

- Necesito olvidar a una persona.

- ¿Olvidar?

- Sí, me dijeron que usted hacía éste tipo de trabajos.

- Bueno, lo he hecho alguna vez, hace mucho tiempo.

- ¿Olvidar?

- No es fácil olvidar.

- ¿Puede ayudarme?

- Lo voy a intentar. Recuéstese.

Me recosté sobre el sofá. El gato pareció revivir y se fue de allí, asustado. La vieja comenzó a decir unas palabras raras y luego me hizo un par de preguntas.

- ¿Por qué? – me dijo.

- ¿Por qué, qué?

- ¿Por qué quiere olvidarla?

- Necesito paz mental.

- ¿Crees que olvidándola vas a conseguir paz mental?

- Puede ser. No sé. Lo único que sé es que su recuerdo me causa dolor. Mucho dolor. No quiero ese dolor. No me sirve.

- Tal vez puedas sacarle algún provecho a ese dolor.

- ¿Cómo?

- Escribiendo, tal vez.

- ¿Escribiendo?

- Sí, ¿no sos escritor?

- Supongo.

- ¿No estás escribiendo ahora?

- Sí.

- Y estás usando ese dolor para escribir esto, sea lo que sea.

- Puede ser, no estoy seguro.

- No hay más vino, ¿verdad?

- Se terminó hace rato.

- ¿Cenaste?

- No.

- ¿No te duele la espalda?

- Un poco.

- ¿Qué tal un cigarrillo y a la cama?

- Es una buena idea. Tengo sueño. Quiero dormir. Dormir durante horas, días, años.

- Nunca la vas a olvidar y eso es bueno, ¿sabes por qué?

- ¿Por qué?

- Te sirve.

- No entiendo… ¿Para qué? Ya no está.

- Ella está. Está viva en tu mente.

- Y en mis recuerdos todavía estamos juntos.

- Por siempre.

- Riendo.

Me fui de allí más calmado. Llegué a casa. Era tarde. Tal vez sea bueno cerrar mis ojos ésta vez. Me deslicé hasta la cama. Era pobre. Estaba vivo. Recordé su sonrisa y aquello me alegró un poco. ¿Soñaré ésta noche? Espero que no.

jueves, 2 de abril de 2020

Una cuota de realidad

De momento estoy sentado,
escribiendo y bebiendo,
de momento no te veo
pero tampoco me apetece.

Me llegó una factura
y la leí mientras me fumaba el último cigarrillo,
primera cuota de realidad, decía,
todo tiene un precio, pensé,
arrugué la factura entre mis manos,
la hice un bollo
y la tiré a la basura.

Me voy a dar de baja del servicio,
me gustaba, pasaban buenas películas,
pero la cuota era alta,
más alta que mi dignidad.

Abrí otra botella de vino
y volví a la hoja en blanco...
Somos seres humanos,
nos alimentamos del dolor.

La lluvia me acompañaba como banda sonora,
el vino era el anfitrión de la fiesta
y yo un simple invitado
que nunca estuvo invitado
y tenía la suerte de estar allí
rodeado de oscuridad
y envuelto en nostalgia y amargura.

Mañana vendrá otra factura,
tal vez, incluso, más alta que la anterior,
y la pagaremos entre todos,
pero ya no tenía dinero,
ni esperanzas,
aunque mis sueños seguían vivos,
más vivos que yo.